Brief letter in white

 

-Billetes de avión, de tren, la repentina desaparición de mi pasaporte (del que no me suelo acordar demasiado pero que, en vista de lo visto, me puse a buscar frenéticamente para, por supuesto, no dar con él de ninguna manera), el alta de nuevas líneas de teléfono, contratos con la compañía de gas, seguros médicos, ¡facturas del agua!

-Ajá- respondió con mirada fría y gesto de indiferencia.

-“Ajá”. Bien. El canal de comunicación está muy abierto. Así se resuelven también muy bien los problemas.

– ¿De qué problemas estás hablando? ¿De los de tener tu vida resuelta para siempre o del detalle de tener una casa de cinco pisos al lado del mar?

– De ambos problemas y de todos los que vendrían a consecuencia de que yo pierda mi propia identidad.

-Qué exagerada.

Le miré fijamente mientras se ajustaba la correa del reloj.

-“No pasa nada”, ¿verdad? Esta situación te resulta de lo más corriente.- Continué sin apartar la vista de sus movimientos, buscándole con la mirada.

-Claro que pasa. Pasa que crees que tu vida en sí, tu “identidad”, es muy importante. Lo más importante.

-Todo y todos tenemos nuestro peso en este debate. La diferencia reside en que a mí nadie me ha preguntado mi opinión y tú no sólo has opinado sino que te has asignado el total de la decisión.

Días más tarde se fue en ese avión, dejando atrás las rosas variedad Juliet de los centros de mesa, el descuento que nos aplicaban por ir en pareja al gimnasio, esa “identidad” mía que le hacía torcer el gesto y los famosos guantes de encaje de su abuela (creo que no se los llevó. Creo. Espero).

Y a mí.

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Crecemos a la sombra del trepar monstruoso de un concepto.  Sembrado quién sabe por quién, éste crece a la luz de una Luna con todas sus consecuencias: su belleza manifiesta y clara pero también con su halo gélido y su cara oculta.

Abonado por algún que otro sueño llevado muy lejos a golpe de viento, regado con el agua, oscura a veces, del día a día y podado con las tijeras del desencuentro.

Aquel intercambio de intenciones no era solamente una boda: era la entrega presente a un futuro muy posible que me lanzaba en picado a dejar en el pasado un buen puñado de ensoñaciones reales e invisibles, alcanzables y no del todo.

Los días comenzaron a acudir, sordos y pesados, a llenar las páginas del calendario; de aquel nuevo almanaque de silencios en el que cada día tachado no parecía ser un día más.

Mirar de frente al Sol cada mañana con un esfuerzo de sonrisa en los labios; enredo de cables, salidas indecisas a escena  y focos apagándose poco a poco en el backstage de aquel “Todo va bien”.

Había que empezar de nuevo. Y había que hacerlo por algún lado. Barrer, recoger, encajar, encerrar, guardar el libro que recogía aquella bella historia, guarecerlo del polvo y del paso del tiempo y cerrar la puerta sin el portazo de querer dejar detrás un buen puñado de bastantes cosas.

De bastantes cosas felices: de ahí el dolor. “Ese” dolor.

Comienza siendo una sensación como de lluvia. Algo más que tu propio peso, conjugado con el juego de la gravedad, tira de tus huesos hacia abajo, partiendo tu equilibrio en dos. Te tambaleas a través de las horas del día sin saber muy bien adónde ir. No importa que tu cuerpo se encuentre en la calle Tal de Cual número 27: tu cabeza te andará jugando la mala pasada de no acompañarte en todo el día.

Lloras. Tu corazón adopta la forma de un esqueleto inerte que se deshace en un susurro de polvo fino después de cada pobre intento de bombeo.

Escuchas risas; oyes reír. Carcajadas que estallan en tus oídos y resuenan en la memoria. No te extrañes ni te pierdas: son “Las voces de los ecos”. Esa canción risueña que te ayuda a recordar, primero con desconsuelo y con una sonrisa más adelante porque fue real aquello que un día feliz existió.

Recuerdos de un inmenso Sol allí, de un día plagado de nubes allá.

Aquellos ojos que conocían las latitudes y recodos del camino del otro. Aquellas manos amables que te invitaban a bailar los días.

En algo fuimos distintos al resto: amamos sin prejuicios. Sin haber contado nada más que con lo que se es, no con lo que se aspira a ser.

No te angusties. “Sanar” suele ser el desenlace.

 

La pérdida es un sentimiento extraño.

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